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…el Verbo se hizo carne, y habitó entre nosotros… (Jn 1,14)

En la escuela, en la acción pastoral y evangelizadora de nuestra misión diaria, en la gestión y administración, en la calidad, en la innovación educativa, en los programas de actualización pedagógica y docente, buscamos continuamente la manera de ir poniéndonos al día y estar a la última, porque queremos que nuestros alumnos y alumnas, así como nuestras comunidades educativas sean, cada vez más, plataforma de crecimiento para formar a las generaciones futuras. Queremos que nuestra educación sea de calidad y de humanidad. Y he ahí la cuestión, hacer de nuestra escuela una plataforma “humanizadora”.

Llega el momento que abrimos el Evangelio, por el primer capítulo de San Juan, que nos dice que Dios se humaniza; que Dios se hace hombre, como tú y como yo; como cada uno de los niños y niñas de nuestras aulas. Hacerse carne, hacerse uno de nosotros, esa fue la razón por la que Dios quiso habitar entre nosotros. Esa fue su pedagogía y la llamada que nos hace hoy a tantos docentes y evangelizadores que gastamos nuestras vidas al servicio de los niños y jóvenes en la escuela. Su pedagogía fue (como bien pudimos comprobar en las Jornadas Pedagógicas de ECA celebradas en Sevilla y Granada en el mes de noviembre) la de tocar los corazones de la gente, la de llamar a la puerta de las emociones,  la de acompañar la vida.

Llamados a encarnarnos en la realidad de nuestra escuela, de nuestros alumnos, de sus familias, de nuestros compañeros de camino y así, poder ser verdaderos signos visibles del rostro de Dios.

Pagola, en su libro “Jesús. Una aproximación histórica”, utiliza varias afirmaciones sobre Jesús que estructuran su obra. Muchas de ellas nos invitan a reflexionar sobre nuestra tarea evangelizadora, que no es más que humanizar al estilo de Jesús de Nazaret.

Esta Navidad, que está a punto de estrenarse, nos invita a que hagamos nuestras las formas, la manera, la ternura, los sentimientos y emociones de quien un día decidió habitar entre nosotros.

Jesús, como hombre, se hizo un buscador de Dios. Como nosotros, que cada día nos acercamos al espacio sagrado de nuestras aulas para encontrarnos cara a cara con Dios. Los niños son para nosotros la encarnación de Dios en la tarea cotidiana. Buscar a Dios en sus miradas, en sus preguntas, en sus bloqueos y enfados. Buscar a Dios acompañando sus vidas y siendo como Él, poetas de la compasión. Acercándonos a ellos con misericordia y hacer de nuestras vidas una narración de las parábolas de la oveja perdida, de la mujer y el dracma, y reflejar que Dios es pura misericordia, haciendo de nuestra tarea docente un verdadero espacio de perdón, porque “lo que hacéis con cada uno de estos más pequeños, conmigo lo hacéis” (Mt 25,40)

Así llegaremos a ser como Jesús maestro de vida y defensor de los últimos. Está en nuestras manos, tenemos en juego la vida de tantos y tantos pequeños que nos llegan desde diversos contextos socioculturales! Jesús maestro de una vida diferente, Jesús fue un maestro poco convencional, su pedagogía no estaba en los libros, estaba en las manos, en la mirada, en los abrazos, en la palabra que nacía de su corazón y desde ahí tocaba los corazones de quienes estaban al margen del camino, siempre defendiendo a los últimos, a los necesitados… a tantos niños y niñas que reclaman con su actitud una mirada de ternura y compasión. Los últimos, los pequeños, los olvidados, los que molestan y  no avanzan, los que en casa no tienen apoyo y ven en nuestros gestos y palabras la luz necesaria para seguir construyendo su camino de felicidad.

La historia de salvación sigue escribiéndose hoy en cada uno de los rincones de nuestros colegios; el sueño de Dios para la humanidad sigue narrándose en la vida de nuestras comunidades educativas; el Reino de Dios sigue amaneciendo en la mirada de nuestros alumnos.

Como diría Juan Manuel Alarcón en las últimas Jornadas Pedagógicas de Escuelas Católicas: “Demos al Séneca lo que es del Séneca, y a Dios lo que es de Dios” y pongamos las fuerzas en aquello por lo que se nos va la vida: que todos los hombres, que todos los niños y niñas de nuestras escuelas, que todos los que formamos la gran comunidad educativa de la escuela católica, seamos felices y lleguemos al conocimiento de la verdad.

Que siempre sea Navidad en nuestras escuelas. Que cada mañana al abrir sus puertas, entre ese olor inigualable de un Dios que, por amor, se hizo hombre en Navidad, para hacer un poquito más humana nuestra propia humanidad.

Miguelángel López Martínez

Responsable del Departamento de Pastoral de Escuelas Católicas Andalucía

 

 

 

 

 

La diferencia está en los idiomas

Todos somos conscientes de que al estar inmersos en un mundo globalizado, con empresas multinacionales que operan en cualquier parte del mundo, con las posibilidades comerciales que abre Internet a empresas y clientes ubicados en cualquier parte del planeta, el dominio de los idiomas se está convirtiendo en una necesidad vital. Si además hablamos de búsqueda de  empleo, el dominio de una segunda lengua puede ser la clave para conseguirlo.

Nuestros centros, día a día, contribuyen en este sentido a que nuestros alumnos se preparen para la vida, para la autonomía personal y facilitan su crecimiento personal en un contexto grupal y comunitario; de ahí la gran apuesta que han realizado en cuanto a la enseñanza y la certificación oficial de los idiomas, en concreto, del idioma inglés.

La certificación oficial de los exámenes constituye una herramienta de evaluación necesaria para que nuestros alumnos estén preparados para un cada vez más exigente mercado laboral; además, es un indicador objetivo que ayuda  a comprobar los resultados visibles de la inclusión del bilingüismo en el centro.

En este sentido, en el pasado curso 2015-2016, los centros BEDA de ECA  presentaron a los exámenes de Cambridge a un total de 2322 candidatos, lo que supone un incremento de un 51´37% con respecto al pasado curso 2014-2015, reflejo del compromiso de nuestros centros con la potenciación del bilingüismo y de su buen hacer. Especialmente significativo resulta el dato de candidatos presentados a los niveles superiores de certificación de Cambridge English (KET, PET, FCE, CAE) donde el total asciende a 1001 candidatos, de los cuáles 20 corresponden al nivel C1 (CAE) que aparece por primera vez en la lista.

Lola Ufano

Departamento Bilingüismo ECA

Una escuela que acompaña

Con no poca frecuencia, y desde diversos foros, solemos preguntarnos qué es aquello que diferencia a la educación católica de otras formas de enseñanza. Inmersos en el eterno debate sobre el derecho que nos otorga nuestra Carta Magna para elegir el centro en el que se formen nuestros hijos, la respuesta a tal cuestión se hace aún más necesaria, si cabe.

A primera vista, lo que nos distingue parece más que evidente: el evangelio de Jesucristo y, por ende, una manera de acercarnos al alumnado y sus familias, que se inspira en las bienaventuranzas y en el modo de proceder del Señor Jesús.

Sin embargo, cuando escuchamos las razones por las que nuestras familias deciden que seamos nosotros, y no otros, quienes les acompañemos en la educación de sus hijos, nos sorprende comprobar que no es el evangelio su principal motivación, sino el buen clima de nuestros centros y la educación en valores que les ofertamos. Son éstas, las dos razones que obtienen mayor puntuación en la investigación dirigida por Fernando Vidal, desde el Instituto Universitario de la Familia, de la Universidad Pontificia de Comillas.

Es importante que estos datos no nos lleven a confusión. Es cierto que la predicación explícita del evangelio en nuestras aulas no parece ser la principal preocupación de todos los padres. Nuestros destinatarios parecen compartir, grosso modo, los mismos intereses que el resto de la sociedad. Incluso es posible que aunque se desee que los niños y jóvenes escuchen la propuesta evangélica, pueda influir en sus respuestas un sesgo, fruto de la sutil tendencia social que obliga a que los términos evangelio, iglesia o católico no gocen de buena prensa.

Sea como fuere, un porcentaje no pequeño de padres prefiere poner a sus hijos en nuestras manos. Algo tendrá el agua, cuando la bendicen, reza el dicho popular.

Además de escuchar las preferencias de nuestros destinatarios, urge que seamos nosotros mismos: los equipos directivos y los docentes en general, los que nos preguntemos para qué queremos ofrecer lo que ofrecemos. Somos nosotros los primeros que hemos de cuestionarnos la razón última de nuestra labor, no vaya a ser que enarbolemos una bandera que resulte vacía de contenido. El riesgo de no cuestionarnos, sería librar una batalla con el único propósito de averiguar quién es más fuerte o a quién le asiste más la razón. Además supondría caer en la peligrosa tentación de pensar que nosotros educamos con mayor calidad que otros. Algo, evidentemente incierto.

Las particularidades de nuestro modo de educar no pueden estar inspiradas en el simple hecho de “ser diferentes”, algo que nos convertiría en rehenes de un mercado en el que “la diferencia” estaría al servicio de la captación de alumnado (y que podemos acreditar exhibiendo placas de calidad en las puertas de nuestros centros). Muy al contrario, si por algo hemos de ser diferentes es por pura fidelidad al evangelio. Es, por tanto, nuestra vocación como educadores cristianos, la razón última de nuestra manera de hacer las cosas. Estamos llamados a mirarnos, una y otra vez, en el espejo del evangelio. Un reflejo que nos invita al acompañamiento de todo nuestro alumnado, y especialmente del más necesitado.

Precisamente uno de los rasgos que más ampollas levantó en los judíos piadosos de la Palestina del siglo I fue la apertura y cercanía con la que Jesús se mostró a todos, especialmente a los menos “ortodoxos”. Su particular modo de acompañar a las gentes generó no pocos recelos.

Tal como analiza Rafael Aguirre en su ya clásica publicación La mesa compartida, uno de los rasgos más singulares de Jesús fue su comensalidad abierta. Comer con alguien, era para los judíos del comienzo de nuestra Era un signo de aceptación mutua, de radical igualdad, algo que reprocharon a Jesús hasta la saciedad. Desde la mujer adúltera, hasta la visita al hogar de Zaqueo, pasando por la mujer de Samaría, Jesús se acerca, mira, acompaña, acaricia y, siempre, dignifica. Sin excepción, todo el que es tocado por el maestro de Galilea queda transformado.

El acompañamiento real y profundo debiera ser el rasgo central de nuestra labor docente. El espacio donde no escatimásemos  esfuerzos,  creatividad o tiempo. Ésta debiera ser nuestra seña de identidad, y no porque sea exclusivamente nuestra, que en absoluto lo es, sino porque es la única forma que entendemos la fidelidad al nazareno.

En nuestros centros educativos acompañamos desde una multitud de ángulos, comenzando, como no, desde la portería, que es la primera cara con la que se encuentran las familias, pasando por el patio, las clases, las actividades extraescolares, la dirección, la orientación escolar y, como no, la acción tutorial.

Todos tenemos recuerdos de los profesores y maestros de nuestra infancia, y sabemos diferenciar perfectamente a los docentes que supieron acompañarnos de los que no lo hicieron. Un profesor mío afirmaba que apenas nos acordamos de lo que nos enseñaron, pero que no tenemos dificultad alguna en recordar cómo se comportaron con nosotros. Es en el acompañamiento al alumno y a su familia donde nos jugamos el tipo.

El tutor se convierte, a menudo, en el primer agente social al que se le cuenta una problemática familiar, el primer confidente que escucha lo que está pasando dentro de un hogar. Y una vez que esto ocurre, “la pelota queda en nuestro tejado”, porque hagamos lo que hagamos, incluso aunque pretendamos no hacer nada, tendrá una enorme repercusión en la vida del alumno.

Acompañar, provocando cambios, es la tarea más fascinante de nuestra vocación, pero quizá no seamos suficientemente conscientes del poder sanador que esconden la ternura de nuestras manos.

Acompañar no significa dirigir, ni tampoco imponer, sino estar al lado, pero de un modo activo. Acompaña quien escucha, quien acoge o quien sugiere, en definitiva el que se preocupa por la vida del otro. Deberíamos formarnos para empatizar mejor, para saber derivar una determinada problemática, para ser diestros en la persuasión que persigue pequeños avances. Perseguir el cambio debería ser el primer mandamiento de nuestro decálogo educativo.

Considero que la mayoría de los fracasos escolares no se deben sólo a la calidad de nuestra pedagogía, sino, principalmente, a la falta del acompañamiento adecuado ante la necesidad que experimenta el menor en un momento determinado. El alumno puede sufrir una especie de abandono, que en la mayoría de los casos no es fruto de la negligencia sino de la ignorancia. Es aquí donde los tutores tenemos mucho que decir.

Deberíamos formarnos y diseñar cuidadosamente nuestras entrevistas tutoriales. La falta de pequeños ajustes familiares está detrás de muchos fracasos escolares. Ajustes que podrían solucionarse con pequeñas intervenciones. Conozco familias en las que los hijos llevan años durmiendo en la cama de sus progenitores;  niños, que sin levantar un palmo del suelo, insultan a sus padres sin que esta conducta tenga consecuencias. Acompañar es estar ahí, volver a preguntar, persuadir para provocar una percepción diferente, volver a convocar o derivar cuando lo estimemos necesario. La neurociencia revela que cuando sentimos que alguien nos entiende y nos acoge nuestros niveles de cortisol bajan considerablemente. Muchas de nuestras familias lo primero que necesitan es que conectemos con ellos, que nos hagamos cargo.

No tengo muy claro que es lo que diferencia nuestra escuela de otras formas de enseñanza. Sí quisiera que lo que nos diferenciase fuese una manera de acompañar que es curativa. Pero no porque persigamos la diferencia, sino porque es lo que emana de nuestra vocación. Los siglos XIX y XX vieron nacer multitud de escuelas cristianas. Inspiradas por su sus fundadores marcaron la diferencia al educar a una población desprotegida, que de otro modo nunca se hubiese podido formar. La cobertura social ha hecho que la escuela católica no represente ya esa diferencia. Quizá ésa deba ser su vocación, la de inspirar para que otros se sumen, la de adelantarse a los tiempos. Ojalá que hoy seamos diferentes en la forma de tratar al alumnado, con la intencionalidad de que en poco tiempo dejemos de diferenciarnos en eso y estemos en otra cosa. Eso indicaría que estamos en la escucha y fidelidad al Espíritu.

Antonio Luis Ferreira Siles

Departamento pedagógico, ECA Andalucía

 

 

Apuesta por la formación

El departamento pedagógico de Escuelas Católicas de Andalucía ha seguido y sigue apostando por la formación. Su vocación no es otra que la de ser útil a toda la comunidad educativa en su quehacer diario. Durante el presente curso ha continuado con la importante labor iniciada por Juan Manuel Alarcón, responsable del departamento hasta el pasado octubre, y su compromiso por la puesta al día de los profesionales de nuestro gremio.

Se han impartido dos cursos de especialista universitario, el primero en liderazgo y dirección de equipos en centros educativos y el segundo en coaching educativo y pastoral, con un grado de satisfacción muy alto por parte del alumnado. Asimismo, se celebraron las jornadas de innovación pedagógica y las de equipos directivos tanto en Granada como en Sevilla. Con una alta participación en ambas sedes. La última acción formativa tuvo lugar en Sevilla y estuvo dirigida a integrantes de equipos de orientación.

Para el próximo curso, el departamento pretende dar continuidad al curso de liderazgo y dirección de equipos en centros educativos, transformándolo en un curso de experto universitario. Del mismo modo, está comprometido con ofrecer una formación, también de carácter experto universitatio,  para los equipos de orientación de los centros. El departamento considera que hay una gran demanda de este último sector. Así, orientadores, pedagogos terapéuticos y todos los miembros, o futuros miembros, de equipos de orientación, puede disfrutar de una formación continuada y de calidad que los habilite para ejercer su labor lo mejor posible. 

La Fundación Santo Tomás de Aquino comienza su andadura

El Patronato de la la Fundación del Sur “Santo Tomás de Aquino”, perteneciente a FERE-CECA y que agrupa a las autonomías de Andalucía, Canarias y Extremadura, ha decidido nombrar director esta institución al responsable del Departamento Pedagógico de Escuelas Católicas de Andalucía (ECA), Antonio Ferreira.

El patronato, reunido el pasado 23 de junio realizó un repaso de las principales actiaciones realizadas en los últimos meses y analizó los próximo pasos a dar para su puesta en marcha efectiva. Ya el pasado día 9 de marzo la Fundación del Sur “Santo Tomás de Aquino”, llegó a un acuerdo con la Congregación de la Presentación de María, para asumir el colegio “Presentación de María” que tienen en Peñarroya – Pueblonuevo (Córdoba), a partir del 1 de septiembre de 2016. El patronato conoció las ofertas de otros centros y los estudiará detenidamente antes de tomar una decisión.

 

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