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No les ahorremos realidad

No son pocas las voces autorizadas que, desde sus ámbitos profesionales, alertan de la toxicidad de los estilos educativos que se basan en la permisividad. Jueces, médicos o psicólogos nos advierten de las nefastas consecuencias de una crianza que queda atravesada por el miedo desproporcionado de muchos padres al sufrimiento de sus hijos. Algo que les lleva a “allanar”, el camino de sus pequeños y, a veces, no tan pequeños, vástagos.

Hay padres que duermen con sus hijos en la misma cama, calmando así sus miedos a pasar la noche solos; otros se afanan en estudiar con ellos evitando a toda costa que el hijo pueda recibir un suspenso; muchos interceden en los conflictos que tienen con sus iguales y los hay que incluso en situaciones de graves problemas económicos no disminuyen el nivel de los regalos que ofrecen en las distintas efemérides del niño.

Ricardo Pardo Aparicio, psicólogo y experto en menores, ha publicado recientemente una obra titulada Educar hoy, difícil tarea, en la que el autor insiste en la necesidad de que los padres definan, comuniquen y hagan cumplir unas normas para el bienestar psicológico de sus hijos.

Ricardo Pardo define con la expresión Ahorrar realidad, aquella actitud parental por medio de la cual evitamos que los hijos se enfrenten a las circunstancias propias de la vida, muchas de las cuales suponen un esfuerzo. Así, si evitamos que nuestro hijo haga tareas del hogar, cuando ya está preparado para hacerlas, le estamos ahorrando realidad; si un padre se enfrenta a todo un equipo docente porque éste decidió cambiarlo de grupo, le estamos ahorrando realidad. También ahorramos realidad cada vez que ocultamos a los hijos informaciones (enfermedades, separaciones, etc) movidos por el miedo a cómo puedan afrontarlas.

Ahorrar realidad hace que los menores sean más débiles, y supone engañarlos porque les mostramos una vida que no es cierta. Cuando, inevitablemente, se encuentren con la dureza de la realidad estarán menos preparados para afrontar con normalidad las vicisitudes que son propias a la condición humana.

De todas las acepciones que el griego nos propone de la palabra “amor”, Ricardo Pardo rescata la de Agapé, que podemos traducir como el amor sacrificial, aquel que no espera nada a cambio y por ello es completamente gratuito. Agapé es el amor de Dios, según el Nuevo Testamento. Cada vez que los padres permiten que sus hijos se enfrenten a la realidad estarán procurando el crecimiento del hijo, aunque suponga un sacrificio, porque a los padres les dolerá ver a su hijo sufrir. Entonces el padre amará al hijo desde el agapé y no caerá en la tentación de preocuparse más de su emoción de padre que de lo que realmente necesita el hijo.

En una sociedad anestesiada, acomodada y que oculta el sufrimiento, se hace cada vez más difícil ofrecer el agapé como el verdadero amor gratuito que no espera nada a cambio. Los docentes, tenemos la responsabilidad de hablar de estas cosas en nuestros encuentros tutoriales con los padres. Somos portadores del evangelio, un tesoro que se nos da en las vasijas de barro que somos cada uno de nosotros. No podemos, por tanto, edulcorar el evangelio, porque el amor de Dios es siempre el amor del Padre que quiere, que desea, que se apasiona por el crecimiento y la plenitud de cada uno de nosotros y de nuestros alumnos, aunque eso suponga, en muchos momentos, sufrimiento.

 

Antonio Luis Ferreira Siles

Director del Departamento Pedagógico, ECA

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