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Reflexiones del arzobispo de Sevilla en la Asamblea de ECA

No descubro ningún secreto si afirmo que la escuela católica se encuentra hoy en España con múltiples dificultades. La primera es la secularización de la sociedad, que ha avanzado en los últimos años a una velocidad que pasma. Nuestra sociedad está perdiendo los referentes cristianos, en un contexto cultural en el que el proyecto de vida cristiano se ve continuamente desdeñado y amenazado. A todo ello se añade la crisis moral, que se caracteriza por la exaltación de la libertad y de la conciencia individual, al tiempo que se niega la ley natural y lo que el papa Juan Pablo II llamó la verdad del hombre. La consecuencia es el relativismo y el subjetivismo ético, que impide la transmisión de los valores objetivos y universales, dificulta el aprecio y la búsqueda de la verdad y, en definitiva, obstaculiza la genuina formación integral del alumno y la transmisión de un proyecto de vida claro y definido.

Una nueva dificultad es la sociedad pluralista y globalizada en que vivimos. La escuela católica ha mantenido siempre un alumnado de extracción social muy plural, pero de confesión única, salvo en contadas excepciones. Sin embargo, en los últimos veinticinco años la escuela católica ha acogido también a alumnos que se han acercado a ella desde diversas culturas y religiones, valores cívicos plurales, creencias, concepciones morales y prácticas religiosas muy distintas. Todo ello supone, sin duda, una riqueza, pero también puede desdibujar la identidad unitaria de la escuela católica. Es evidente que a estos alumnos hay que acogerlos por un elemental sentido de humanidad y servicio, pero manteniendo con nitidez nuestra identidad, sin difuminarla y sin caer en un falso irenismo.

Otra dificultad es el descenso progresivo del número de religiosos y sacerdotes en los colegios, que tantos méritos tienen contraídos ante la sociedad y la Iglesia. Una nueva fuente de dificultades es la familia, que no siempre está en sintonía con nuestro proyecto educativo. Son legión las familias que han dimitido de su función principalísima de ser los primeros transmisores de la fe a sus hijos (Ecclesia in Europa) y que los llevan a nuestros colegios más por su calidad, prestigio y rigor académicos que por su identidad católica.

Otra fuente de dificultades es el cambio continuo de políticas educativas, aprobadas sin el necesario consenso. Hoy es un clamor la necesidad del pacto educativo, algo que las distintas fuerzas políticas deberían considerar como una verdadera prioridad, más allá de sus intereses partidistas. Por otra parte, es doloroso para nosotros encontrarnos involucrados periódicamente en un supuesto enfrentamiento entre la escuela pública y la escuela de iniciativa social, atribuyéndole a ésta concesiones o privilegios que en realidad son estrictos derechos de los padres.

A pesar de todo, la inmensa mayoría de nuestros centros siguen manteniendo el listón bien alto, un ambiente positivo, en el que toda la comunidad se implica en el proyecto educativo, con un ideario claro, que trata de llevar a la práctica con decisión. Conozco no pocos centros católicos con un proyecto educativo nítido, colegios renovados, con una fuerte y entusiasta implicación de toda la comunidad educativa.

A pesar de las dificultades, hay, pues, muchos motivos para enraizarnos en la esperanza. A ella os invitamos los obispos, que no somos rivales ni competidores vuestros, como a veces puede parecer, sino compañeros de camino, que os sirven ayudándoos a clarificar y mantener la más genuina identidad de la escuela católica.

En ella es importante la calidad académica, que hemos de fortalecer cada día, basada en la atención personalizada al alumnado, en el esfuerzo del profesorado en los procesos de enseñanza-aprendizaje, en el rigor y la disciplina, en el uso de las nuevas tecnologías y en la mayor oferta de actividades complementarias. Con todo, no son estos los indicadores básicos de la identidad católica de nuestros centros. Por ello, el gran reto de la escuela católica en esta hora es conservar y potenciar su propia identidad y su presencia cualificada en la sociedad como tal escuela católica.

Queridos amigos; no basta hoy con que la escuela católica se esfuerce en transmitir valores, como en tantas ocasiones se nos pide desde nuestras propias filas. Hemos de transmitir una cosmovisión cristiana de la vida que, fundada en la persona de Jesucristo y su mensaje, inunde toda la transmisión del saber y determine toda la acción educativa. Este ideal compromete a toda la comunidad académica, especialmente a los profesores, y a la titularidad.

El momento histórico que estamos viviendo está exigiendo a la escuela católica un proyecto educativo claro, no vergonzante, sino confesante; es más netamente confesional, sin miedos, sin vergüenza y sin complejos, identificable en sus fines y objetivos, al servicio de la formación integral. La escuela católica ha de responder a los fines y objetivos asignados a la educación en España, que no son otros que la formación plena del alumno, derecho refrendado por la Constitución Española en el art. 27.2 y en las sucesivas Leyes Orgánicas de Educación (LOE). Pero la escuela católica debe buscar la formación integral, aquella que hace posible el desarrollo de todas las capacidades del individuo, incluida su vocación trascendente, que le capacite para optar libremente por el bien y la verdad, responder a las grandes preguntas sobre su origen y destino, y motivar las opciones libres y altruistas al servicio de la sociedad.

En orden a la formación integral de los alumnos, la escuela católica comparte muchos objetivos con la escuela pública. Pero más allá de los objetivos comunes, la educación ofrecida por la escuela católica, pretende no sólo impartir una serie de conocimientos, sino formar personas en plenitud, desde una concepción integral de la educación, es más, desde una cosmovisión cristiana que hace posible encontrar el sentido de la vida, la comprensión de sí mismo, las urgencias de este mundo y las esperanzas que no acaban con la muerte.

La escuela católica debe iniciar al alumno en la experiencia de la generosidad, en el descubrimiento del prójimo, en el servicio generoso y gratuito a los demás, en la honradez, el sentido de la justicia y de la paz, la honestidad y el amor a la verdad. Debe educar al alumno en la fraternidad, el dialogo, el respeto al otro aunque sea diferente, fundado en su peculiar dignidad de hijo de Dios, en la sensibilidad hacia los débiles y a los que necesitan apoyo y amistad. Debe educar en la laboriosidad, el esfuerzo, el sacrificio y la capacidad crítica ante lo que escucha, ve, lee o sucede a su alrededor, de modo que pueda responder ante cualquier intento de manipulación o uniformismo ideológico. Debe educar también la afectividad, el sentido cristiano de la sexualidad y del amor verdadero. Debe además cultivar la interioridad del alumno, propiciar su encuentro con el Señor, iniciarle en la participación en los sacramentos, en la oración y en la amistad con Él.

La escuela católica participa de la misma misión de la Iglesia, que no es otra que anunciar a Jesucristo, ser sacramento del encuentro con Jesús. “Ella –nos dice el Cardenal de Lubac- debe anunciarlo, mostrarlo, entregarlo y darlo a todos. Todo lo demás no es sino sobreañadidura”. La Iglesia es el medio ideado por Jesucristo para seguir en contacto con nosotros después de su marcha al cielo el día de la Ascensión. Ella es la prolongación de la Encarnación, la Encarnación continuada. La Iglesia es Cristo que sigue entre nosotros predicando, enseñando, perdonando, acogiendo, sanando y santificando. La Iglesia es, según frase bien conocida de S. Ireneo de Lyón “la escalera de nuestra ascensión hacia Dios”, “el puente sobre la lejanía o la desproporción que existe entre el Cristo celestial, glorioso y resucitado, único mediador y salvador, y la humanidad no glorificada, la humanidad peregrina, que somos todos nosotros” (Schillebeckx).

Si éste es el fin de la iglesia, éste debe ser también el fin de cualquiera de sus instituciones: colegios, obras sociales, residencias y universidades: anunciar a Jesucristo, ser puente, escalera y sacramento del encuentro con Dios. Es lo único que las legitima y justifica. Si no cumplen este fin, se impone la reforma y la renovación en profundidad. Hoy ninguna de estas instituciones se justifican apelando sólo al principio de suplencia o al servicio que prestan a la sociedad, servicio que presta también el Estado, que hoy puede llegar a todas partes. En consecuencia, lo específico de la escuela católica es ser evangelizadora. Su acción educativa es una acción evangelizadora. Cristo es el fundamento de su proyecto educativo, en el cual se promueve el hombre integral, pues en Cristo, el hombre perfecto, se esclarece el misterio del hombre y todos los valores humanos encuentran su plena realización (GS).

Os recuerdo una frase preciosa de san Cipriano de Cartago, que recoge san Benito en la Regla Benedictina: Nihil amori Christi praeponere, no anteponer nada la amor de Cristo. Os recuerdo también la frase feliz, reproducida miles de veces del papa Pablo VI en Evangelii Nuntiandi: No hay evangelización verdadera si no se anuncia el nombre, la doctrina, la vida, las promesas, el reino y el misterio de Jesús de Nazaret, Hijo de Dios (n. 22). La primera urgencia, pues, del profesor que trabaja en la escuela católica, es evangelizar. Esta obligación no atañe sólo al departamento de pastoral, que por cierto en un colegio católico debe ser el departamento estrella, o al profesor de religión, sino proporcionalmente, de forma directa o indirecta, a todos los profesores, cualquiera que sea la materia que expliquen e, incluso al personal de administración y servicios, que deben estar también penetrados de la mística del centro.

Hace unos días me encontré con una preciosa oración que compuso el periodista sevillano Carlos Colón en 2015 para presentar a los niños al Señor del Gran Poder en la película Sevilla en tus manos. En ella se manifiesta de forma elocuente que el ser humano está necesitado de la salvación que sólo Jesucristo puede otorgar. «Porque sin ti, Señor, ¿qué sería de la verdad, la belleza y la bondad? Sin ti, ¿qué sería de la ternura, la compasión y la dulzura? Sin ti, ¿qué sería de la justicia, el bien y la fortaleza? Sin Ti, ¿qué sería el mundo al que hemos traído a nuestro hijo? Tu ausencia, Señor, es el infierno».

Al leer este texto hermosísimo, recordé las palabras casi coincidentes pronunciadas por el papa Benedicto XVI en mayo de 2007 en la apertura de la Conferencia del CELAM en Aparecida (Brasil), al afirmar que el cristiano “sabe que sin Cristo no hay luz, no hay esperanza, no hay amor, no hay futuro”. El fragmento de Carlos Colón es también análogo a este otro del documento final de Aparecida, en el que los obispos de Latinoamérica y el Caribe nos han dejado escrito que “Jesucristo es la respuesta total, sobreabundante y satisfactoria a las preguntas humanas sobre la verdad, el sentido de la vida, la dignidad humana, la felicidad, la justicia y la belleza”.

Jesús es en efecto, como nos dijera el Vaticano II en la constitución Gaudium et Spes, “el centro de la humanidad, el gozo del corazón del hombre y la plenitud total de sus aspiraciones”. Después de leer el texto de Carlos Colón uno comprende cuánta verdad encierran las palabras del teólogo protestante Dietrich Bonhoeffer, escritas poco antes de ser ahorcado por los nazis el 9 de abril de1945: No hay mayor impiedad que entregar a los hombres algo menor que Jesucristo. Jesucristo y su Evangelio es, nada más y nada menos, el tesoro que la escuela católica debe compartir con sus alumnos, pues Él es fuente inagotable de sentido, de gozo y esperanza para sus vidas, el camino enderezado que les ha de llevar a la libertad verdadera, a la comunión, a la felicidad y a la realización más plena de sus vidas.

Juan José Asenjo Pelegrina

Arzobispo de Sevilla

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