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Una escuela que se forma

En los cursos para directivos y orientadores escolares que se están celebrando en nuestra sede de escuelas católicas de Andalucía, la primera sesión consistió en un taller en el que los participantes, reunidos en una sala en grupos de cinco personas, tenían que reproducir una figura que se encontraba fuera de la sala de trabajo. La consigna dada por los ponentes consistía en que los miembros de los grupos podían salir a contemplar la figura (de manera individual y todas las veces que necesitasen) y, al volver, trasmitir la información para que junto con el resto del grupo se construyese una imagen idéntica.

Lo curioso del experimento fue que todos los grupos, sin excepción, llevaron a cabo tan sólo cinco visitas (una por miembro del equipo) para contemplar la imagen en cuestión, lo que produjo un gran gasto de tiempo y dificultades para obtener la imagen final y así acabar la tarea satisfactoriamente. Si los grupos hubiesen optado por enviar a sus mensajeros 20 o 30 veces, el trabajo se habría completado en apenas 15 minutos.

Obtener información de la tarea que había que completar era la metáfora de la formación que los educadores necesitamos para hacer mejor nuestro trabajo. Pero en ocasiones somos parcos en llevarla a cabo. Si sabemos más, si estamos más preparados, nuestra tarea será más fácil, más llevadera, pero sobre todo mucho más eficiente.

En estos momentos la escuela está viviendo un momento crucial en el que está en juego su reputación y su buen hacer. Colegios y fundaciones están optando por una formación sólida del profesorado a fin de conseguir los mejores resultados para sus alumnos. Algunas de estas formaciones se están acogiendo a “la moda del momento”, con el peligro que supone saber de casi todo pero de manera poco profunda. Todos conocemos colegios que están siendo referentes en innovación educativa. Centros que tras una profunda reflexión sobre su tarea están implementando nuevas formas de proceder que les están aportando resultados muy positivos. Todos ellos han hecho una opción por la formación de sus profesores, que a su vez supone un sacrificio en tiempo y dinero.

Replantearse y optar por una sólida formación, organizada, discernida y poniendo en el centro a los propios alumnos y sus familias debiera ser nuestra seña de identidad (entre otras), en una escuela que pretende centrar sus esfuerzos en la persona, que es la directriz principal del evangelio. Como escuela católica tenemos la tarea de separar la paja del trigo y ser muy cuidadosos en aquello que elegimos para formar a nuestros claustros.

Los educadores tenemos la apasionante tarea de ser guía y referencia para chicos y chicas que habrán de enfrentarse al mundo. Personas que construyan un mundo mejor, donde se viva desde la inclusión, el respeto y el amor al prójimo. Toda la formación que hagamos será poca para esta inmensa e ilusionante labor.

Antonio Luis Ferreira Siles

Departamento pedagógico de ECA

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